Km 8... primera entrada




Cuando abres una puerta que da a la calle… es como si abrieras un libro. Cuando abres un libro… estás abriendo tu alma.

Atrás queda mi casa. Camino avenida abajo… Me gusta la ciudad: quizás porque entre tanta gente la ciudad no es de nadie; quizás porque, aunque camino sobre cloacas, por encima de todo solo hay cielo; quizás porque en la ciudad las noches no son más que un recuerdo.
Callejeo… En el devenir de la ciudad mis pisadas apenas se escuchan. Un paso, una letra… cientos de pasos, cientos de letras… palabras, huellas que me siguen y ya nunca me abandonarán.
Me muevo entre las sombras de antiguos edificios salpicados con cemento fresco. Espero al pie de un semáforo… sobre el asfalto, en una grieta, unas hierbas reverdecidas pregonan su silencio. Sin prisa, recorro las últimas manzanas que ocultan el arenal… El viento irrumpe con viveza, por instantes desordenado. En tan caótico ajetreo la vida huele a mar, sabe a mar en este día gris. Alcanzo El Muro, unos de los paseos marítimos de Gijón... las olas del mar Cantábrico se hacen sentir.
A un lado del paseo, la ciudad… Dos operarios colgados de una espejada fachada, en tarea desmedida, se afanan por sacar lustre a un sinfín de nubes grises. Una ventana se abre… ni siquiera así el cielo muestra su azul. Al otro lado, allí, donde la mar aparenta desbordarse por el margen de un folio… el horizonte… un tenso sedal del que prenden infinitos recuerdos. Embelesado, observo a la bruma avanzar… lo llena todo… el tiempo parece extraviado… La voz de una gaviota me saca de la contemplación… un súbito graznido que cercena el sedal y libera mis recuerdos allí donde han sido hallados, donde aún mantienen su nombre…
Camino, paso a paso. Mi piel se humedece:

Bruma en la bahía…
del mundo
solo quedan sus sonidos

Asturias, donde la tierra siempre es verde.




Un espejo de piedra...



Callejeo, como tantos días,
sin condición, arrastrado
por el ciego final de una avenida
en la que jalean,
cual eco de unos pasos,
mis alambicados pensamientos.

Entre finitas fachadas,
a las que apenas otorgo
una mirada de soslayo,
mi andar enmudece
embaucado por la sordidez
de un solar apartado;
con un guiño, atrapo
y doy formas a la luz en mis pupilas...
párpados entrecerrados que dejan ver
un muro levantado por decenas de manos,
una pared
que no es mas que un espejo de piedra,
un embudo opacado
dispuesto a engullir en sus entrañas
cualquier indicio de luz, mi luz,
la luz insoluble de un ser humano.
Un muro que es, un muro que soy,
un ser de piedra, piedra que es ser...
y sobre él, sobre mí,
sobre todo abandono,
resbalan
a manera de lametazos
que no son caricias:
las luces anaranjadas de la ciudad,
el colorido sonido de un espray,
la blanca sombra de un gato.

El claxon de un coche
destripa mi enajenación
(una puñalada al silencio)...
pierde una vida la sombra del gato,
un claxon
que emborrona la huella de Banksy,
un claxon
que ennegrece a la noche
y desliga del muro
cualquier atisbo de mí.

Un perro alza una de sus patas...

Callejeo,
sin condición, arrastrado
por el ciego final de una avenida
al que no tardaré en llegar...


IX Concurso Internacional de haiku Facultad de derecho de la UCLM Albacete.


Mención "Antonio Martinez" a la colección titulada “Leve…” de Alfredo Benjamín Ramírez Sancho.

"Una colección que desde el primer momento me llegó. Una colección que muestra que el ritmo interno y el sabor a haiku no solo se corresponde con el consabido esquema 5-7-5. Momentos intensos acrecentados por la visión del haijin. El haijin no está presente o lo está de una forma casi imperceptible e invisible. Una colección en la que entran en juego todos los sentidos."


El cielo oscurece…
se dobla la flor
con el peso de una abeja


Piso unos pétalos…
también bajo el ciruelo
sopla un viento frío


Huele a mar…
en los muros del cementerio
crecen flores minúsculas


En la umbría del río…
los gritos de la garza
se vuelven eco


Leve soplo de aire…
en su vuelo roza el pájaro
la flor del lirio




Ser tierra...


Teje,
la mujer enlutada.
Tierra en barbecho


Relumbra el hogar…
el barro en los zapatos
se vuelve polvo


Llegó la nieve…
sobre la huella del corzo
se inclina la hierba


Mañana invernal...
sólo tengo ojos
para las flores del ciruelo


No se oye el canto del tordo…
la lluvia despinta
las tumbas blancas



Ahora que tengo tiempo...



He de arrancar de la tierra
una piedra
y llenar el hueco dejado
con el latido de un corazón nuevo.
Insuflar la voz del viento
en el pico del pájaro
que sacrificó su canto.
Hacer de cada paso un único hecho,
cuyo final no sea otra cosa
que un principio no acostumbrado.
Caer como lo hace la hoja de un árbol…
y una vez en el suelo
ser lluvia, sol o barro.
Zambullirme en una gota de agua…
y resbalar por una  piedra,
por un pétalo,
por un pecho desnudo…
hasta empaparme de luz,
y así convertirme en un sol diminuto
que termine enredado
en la crin de un caballo.

Ahora que tengo tiempo…
en la ausencia del silencio
he de colmar los vacíos de recuerdos…
ver lo nunca vivido,
e imaginar todo aquello que fue sentido,
ahora que tengo tiempo…


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