Restos de tiza


Ahora que la pátina
de mi calzado
eclipsa la lumbre de mis ojos;
ahora que el barro del camino
es polvo
en los pliegues de mi traje;
ahora que el sol
tan sólo es adivinado
por los puños y cuello
de mi camisa almidonada;
ahora que el alma
se queda huérfana de todo aquello
que le dio expresión, aliviada de carnes
que fueron cadenas,
de cadenas que fueron doctrinas,
de doctrinas que se hicieron carne;
ahora que vuelvo a la esencia
que en la frontera del tiempo
me tocó ser (fui él para ser ahora,
ser yo, estertor
con lo que todo recupera su lugar);
ahora que el sonido de los pasos
se detiene al otro lado de la puerta,
que ya no hay lágrimas arrastrando la aflicción,
que la palabra ya no conjuga verbos,
que todo el saber se oculta
en el polvo de tiza amontonado
al pie de desvaídos encerados;
ahora que soy limbo desdibujado
en el recuerdo y en el estar…

… yo, que hice mía la voz
de la lluvia nocturna;
yo, que sólo creí
en la piedra que muda su piel
hasta convertirse en montaña,
en la ola
cuando rompe contra el acantilado,
en la rama vacía del árbol,
en el pájaro que sabe cuando callar…

Ahora… ¿¡Ahora qué!?




Olvidados abecedarios


Escribo en el vaho de un cristal,
ambiciono vivir la palabra
sentir
en la palma de la mano
resbalar al frío verbo,
aprehender
ese pensamiento que raya con la somnolencia,
negro sobre negro,
sin remembranza,
sin remordimiento,
confinarlo todo en una vasija de barro,
el redivivo barro del primer Adán…

Escarbo en olvidados abecedarios
tras los vestigios del primitivo verso.

Al calor febril de una mano, resuda el cálamo
sobre macilento papel
palabras que no terminan de secarse…
se hace la espera lamento,
y, en tan íntimo compromiso,
seduce el viento a la hierba…
… despinto el viento, despinto la hierba, mas
huérfana queda la anacrónica búsqueda,
ni siquiera un arañazo en la piel
que ponga en evidencia el dolor de la verdad,
el dolor del vacío que deja a su paso la ausencia.
Y tras el huero conato,
la pluma que tiempo atrás
formó parte de un blanco graznido,
hoy, cangrejo sobre arena,
escribe hacia atrás,
desdiciendo lo expresado
sin otro fin que enmascarar lo dicho,
pisoteando la palabra,
anquilosando lo ocurrido.

Encallado en un mar de borrones en papel,
busco y rebusco el verso
antes de que se yerga,
cuando todavía está en su forja… aún sin forma.

Desciendo en quejumbrosa jaula,
hacia donde la vida se vuelve desamparo…
y a mi vuelta, en mi mano ensangrentada
aferro una lasca de carbón
con la que escribiré luz en las paredes
de una casa abandonada.
Busco y rebusco,
y en mi propio asombro
tropiezo
sin terminar de comprender
cómo del fondo del mismo tintero
emergen arma y flor.
Busco y rebusco
en la corteza de un olmo que languidece
por la punta de una navaja,
acero frío
con el que alguien ilustró su amor…

Regreso de tan velados orígenes,
donde las palabras son transparentes,
transparencia tras la que se oculta
toda mentira, toda verdad.
Hago mío el silencio ancestral
del musgo sobre la piedra;
el sonido articulado
de una sombra al desperezarse;
lo que dice murmurando
una hoja cuando cae;
y escribo hasta rozar el hastío,
hasta la fatiga,
hasta el sopor que me acerca al sueño;
escribo de puntillas…
con las letras separadas y las palabras unidas.
Escribo una y otra vez, una y otra vez
la misma palabra,
una palabra que leo
una y otra vez, una y otra vez
hasta desgastarla.
Escribo con el propósito de no volver a nacer,
de llenar un folio y arrojarlo al mar,
al vaivén…
que todo lo dicho, que todo lo hecho
tenga sabor a sal.

Balbuceo… palabras escritas,
miríada de vocablos por los que trepo
para una vez en lo más alto saltar, saltar
sin tener nada que pronunciar.


Escribo para dejar de escribir…

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