Un espejo de piedra...



Callejeo, como tantos días,
sin condición, arrastrado
por el ciego final de una avenida
en la que jalean,
cual eco de unos pasos,
mis alambicados pensamientos.

Entre finitas fachadas,
a las que apenas otorgo
una mirada de soslayo,
mi andar enmudece
embaucado por la sordidez
de un solar apartado;
con un guiño, atrapo
y doy formas a la luz en mis pupilas...
párpados entrecerrados que dejan ver
un muro levantado por decenas de manos,
una pared
que no es mas que un espejo de piedra,
un embudo opacado
dispuesto a engullir en sus entrañas
cualquier indicio de luz, mi luz,
la luz insoluble de un ser humano.
Un muro que es, un muro que soy,
un ser de piedra, piedra que es ser...
y sobre él, sobre mí,
sobre todo abandono,
resbalan
a manera de lametazos
que no son caricias:
las luces anaranjadas de la ciudad,
el colorido sonido de un espray,
la blanca sombra de un gato.

El claxon de un coche
destripa mi enajenación
(una puñalada al silencio)...
pierde una vida la sombra del gato,
un claxon
que emborrona la huella de Banksy,
un claxon
que ennegrece a la noche
y desliga del muro
cualquier atisbo de mí.

Un perro alza una de sus patas...

Callejeo,
sin condición, arrastrado
por el ciego final de una avenida
al que no tardaré en llegar...


IX Concurso Internacional de haiku Facultad de derecho de la UCLM Albacete.


Mención "Antonio Martinez" a la colección titulada “Leve…” de Alfredo Benjamín Ramírez Sancho.

"Una colección que desde el primer momento me llegó. Una colección que muestra que el ritmo interno y el sabor a haiku no solo se corresponde con el consabido esquema 5-7-5. Momentos intensos acrecentados por la visión del haijin. El haijin no está presente o lo está de una forma casi imperceptible e invisible. Una colección en la que entran en juego todos los sentidos."


El cielo oscurece…
se dobla la flor
con el peso de una abeja


Piso unos pétalos…
también bajo el ciruelo
sopla un viento frío


Huele a mar…
en los muros del cementerio
crecen flores minúsculas


En la umbría del río…
los gritos de la garza
se vuelven eco


Leve soplo de aire…
en su vuelo roza el pájaro
la flor del lirio




Ser tierra...


Teje,
la mujer enlutada.
Tierra en barbecho


Relumbra el hogar…
el barro en los zapatos
se vuelve polvo


Llegó la nieve…
sobre la huella del corzo
se inclina la hierba


Mañana invernal...
sólo tengo ojos
para las flores del ciruelo


No se oye el canto del tordo…
la lluvia despinta
las tumbas blancas



Ahora que tengo tiempo...



He de arrancar de la tierra
una piedra
y llenar el hueco dejado
con el latido de un corazón nuevo.
Insuflar la voz del viento
en el pico del pájaro
que sacrificó su canto.
Hacer de cada paso un único hecho,
cuyo final no sea otra cosa
que un principio no acostumbrado.
Caer como lo hace la hoja de un árbol…
y una vez en el suelo
ser lluvia, sol o barro.
Zambullirme en una gota de agua…
y resbalar por una  piedra,
por un pétalo,
por un pecho desnudo…
hasta empaparme de luz,
y así convertirme en un sol diminuto
que termine enredado
en la crin de un caballo.

Ahora que tengo tiempo…
en la ausencia del silencio
he de colmar los vacíos de recuerdos…
ver lo nunca vivido,
e imaginar todo aquello que fue sentido,
ahora que tengo tiempo…


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