Al final del camino

 


Llueve, llueve… la lluvia golpea las calles… golpea, golpea, golpea mi alma. Una lluvia que martillea el mundo, lo ablanda, lo ahoga… una lluvia fría y pagana. Llueve, se diluye mi sombra entre tanta agua.

Paso a paso recorro calles que parecen extraviarse en otras calles… La vida se aquieta en soportales sombríos, bajo aleros destartalados, en marquesinas mancilladas por grafitis enmarañados… la ciudad parece cansada.

Llueve… piso aceras encharcadas… charcos de lluvia de ayer, de lluvia de hoy. Travieso, salta mi reflejo de charco en charco… un reflejo que se ondula, que se asoma y se esconde… un reflejo hecho de ayer, un reflejo hecho de hoy.

Llueve, llueve... cuelga entre las sombras de un callejón el maullido de un gato… llueve, llueve… brota el silencio de entre las heridas del asfalto. Llueve… una lluvia gris de frío tacto.

Un año nuevo, un viejo sentir… empapado de lluvia y silencio camino sin saber a dónde llegaré, sin saber siquiera si habré llegado. Charco a charco, salto a salto, a mi espalda se va desvaneciendo la ciudad…

 

Año nuevo…

Sobre la tumba de mi padre

gotean las flores de tela

 

Asturias, donde la tierra siempre es verde.


4º CONCURSO INTERNACIONAL DE HAIKU “LA LUNA ROJA” SANTIAGO DE CUBA 2020.

 

Mención a la colección titulada “Agua de lluvia” de Alfredo Benjamín Ramírez Sancho.

 
Canta un reyezuelo…
Al pie del muro
se pudren las moras
 
En mitad del camino
las huellas del corzo…
Vuelo de libélulas
 
Relampaguea…
Cruza el prado
la sombra de una mariposa
 
Empapado por la lluvia…
el gorrión arranca
las flores del ciruelo
 
Último día de invierno…
Sin moverse
un pájaro sobre la piedra
 
Ladran, ladran…
Detrás de la casa
alguien parte leña
 
Agua de lluvia…
También esta tarde
canta el camachuelo


I Concurso internacional de haibun “Albacete, ciudad de la cuchillería” 2018.



Nubes de paso…

Cuando ya cansados de escarbar en la memoria, afligida por un silencio denso que parece pesar, el tiempo se vuelve transparente y lo oculto se muestra donde, quizás, nunca lo hubiésemos buscado…

Callejeo entre gente desconocida… Por encima del latir de la ciudad se escuchan las notas de un chiflo… escudriño con la mirada… el tiempo se desordena… los recuerdos se alejan cincuenta años de mis zapatos:

Soy yo, sin ser yo… es la misma ciudad, pero es otra ciudad… he regresado a mi infancia y frente a la puerta de la que fue mi primera casa contemplo a un hombre allí plantado… Mueve un pedal con el que hace girar una gran rueda de madera… Rápidamente, los niños que jugamos en la calle, formamos un corro a su alrededor… Cubre su cabeza con una boina moteada por el polvo de quién sabe cuántos lugares, y tiene la tez curtida por días de viento y sol. Llama la atención, atrapado entre sus labios, un cigarrillo de “cuarterón” en el que la ceniza se va curvando resistiéndose a caer. Su mirada, ensimismada, resbala por el filo de un cuchillo que parece sentirse a gusto entre sus manos callosas. Apoya, con suavidad, el acero sobre la amoladora, deslizándolo como si lo acunara sobre la piedra del esmeril… una comunión en la que la voz del metal anuncia la magia de mil chispas doradas…

Con su rueda de madera se aleja calle abajo… tras él queda flotando el sonido de un chiflo…


Al sol,
se orea la lana de los colchones…
corren los niños junto al afilador


La estridencia de un claxon, una hoja que cae de un árbol, alguien que al pasar a mi lado me roza… Regreso a casa… en el cielo se ven algunas nubes…


Asturias, donde la tierra siempre es verde.


Quinta semana…



Apenas 70 m2 donde pisar y un trozo de cielo atrapado entre tejados.

Ya empieza a estar lejos lo que tan cerca estuvo… El invierno estancado en los charcos se vuelve asfalto polvoriento.
Asomado a la ventana contemplo la calle… no hay horizonte… solo una ciudad perezosa que muestra su desnudez.
Sopla un viento del este, fresco, enérgico… un viento que se lleva las nubes, allá, al lugar donde las nubes van a morir… En el cielo, renovado, un grupo de gaviotas gira… gira cada vez más alto… y el tiempo pasa y pasa cada vez más lento… un tiempo herrumbroso que por momentos parece dudar.
El pájaro enjaulado de un vecino inicia su canto ancestral… su afán no oculta la languidez que siempre borbotea en la voz de aquel que está encerrado… Y sin más el pájaro calla… y el silencio, en la calle, se quiebra con el sonido de unos pasos… pasos cortos, rápidos… pasos que borbotean al igual que el canto del pájaro enjaulado.
Reverdecen las plantas de la jardinera. Media docena de petunias rojas tiemblan con el roce del viento. En un rincón, la tierra húmeda fue escarbada por alguna paloma… Y canta de nuevo el pájaro del vecino… y en mis recuerdos se vuelven diminutas figuras aquellos que junto a mí caminaron.
Llegan nubes nuevas… gente diferente… un viento distinto… Tras una ventana un gato mira las nubes, mira a la gente… me observa, primero alertado, luego muestra su cautela… termina por girar la cabeza en señal de indiferencia… solo soy un verso suelto escrito en el margen de un folio garabateado…


Se comban
las ramas del jazmín…
Una mosca frota sus patas


Asturias, donde la tierra siempre es verde.



Cuarta semana…



Otro día… latido a latido el eco del mundo repiquetea contra el cristal de la ventana.

Deambulo por la casa; pasos que no van a ningún lugar, pasos rehenes entre paredes. Me detengo ante la ventana del salón… contemplo la jardinera… de la trinitaria brotan hojas… por una de ellas un minúsculo insecto camina justo hasta el borde.
Miro la calle… miro para saber, para aprender… aprender a mirar, aprender a saber. Pasa gente embozada, gente con guantes… bocas ciegas, manos ciegas… palabras y caricias ciegas. Y mi mirada y mis ojos se abruman con tanta ceguera cansada de no ver… no ver árboles, no ver la mar… y me extravío entre la fina línea que separa las luces de las sombras. Y la gente sigue pasando, esquiva, indiferente, acorralada… gente que se protege de ti, de mí, de un no sé qué… gente que pasea a un perro hastiado de ser paseado… gente… gente que vive en un mundo que ha cambiado, que cambia y que volverá a cambiar.
Y vuelvo a caminar por la casa, como aquél minúsculo insecto que alcanza el borde de su hoja. Y me asomo a otra ventana… En el patio una pareja de colirrojos se buscan… se llaman… se acercan, se alejan… se vuelven a llamar…
El sol de la tarde parece desgastado… desgastado como una vieja pared, la pared de un acantilado, un acantilado golpeado por la mar… una mar que se desgasta contra una pared, la pared de un acantilado… Y los colirrojos que se habían ido han vuelto…
Las sombras del patio se funden con las sombras de casa, se funden conmigo… las sombras ya son solo una sombra…


Lluvia fina…
Empiezan a encenderse
las luces de las casas


Asturias, donde la tierra siempre es verde.



Mañana ya es ayer




Tic-tac, tic-tac,
tic-tac…
Enrevesado, áspero… prófugo
de las ampollas resquebrajadas
en un reloj de arena.
Esclavista con piel de redentor;
de finito a infinito, de infinito a finito
pasas fugaz como un estertor…

Adagio, andante, allegro,
me rozas y vuelvo la vista…
como un reflejo
apeteciendo una respuesta
a un no sé qué.
Moras envuelto entre vacíos
en los que mañana ya es ayer,
lugares polvorientos
en donde las huellas
-cada una de ellas
preñada de miles de otras huellas-
a nadie pertenecen…
Pisadas que fueron, son, serán,
por siempre o por jamás,
el recuerdo velado de un murmullo…
Ahí estás, agazapado entre las ausencias,
en unos ojos resabiados,
en una piel macilenta.

Refundido, íntimamente,
entre el olor de lo nuevo y lo viejo,
entre el sabor de lo paladeado
y lo no alcanzado… extraviado
en un yo del mismo modo extraviado,
así te siento…

Sólo eres tiempo,
frío sepultador de cuerpos.


I Concurso internacional de haiku “Senda del Sur” 2019. Cuba.




Tercer premio al mejor haiku individual: Alfredo Benjamín Ramírez Sancho.


Con lluvia de verano
se colman
las huellas del corzo


Mejor haiku de Compasión*: Alfredo Benjamín Ramírez Sancho.


Vuelve la lluvia…
Se desprende un brazo
de la estrella de mar



* Haiku de Compasión Universal es aquel que contiene el sufrimiento del poeta ante las desventuras de aquellos seres que le rodean.



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