Amanece; la luz clarea a través de los ventanucos del taller. La penumbra acentúa el olor a carbón, ceniza y metal recalentado. En una percha, la ropa de calle guarda el frío del invierno. El resoplido de un fuelle reaviva las brasas; las chispas mueren contra la tierra compactada del suelo.
Se espesan las sombras en la fragua.
El martillo golpea, el yunque habla. Unas gotas de sudor
recorren la frente del forjador. En sus manos callosas, cubiertas de hollín,
late el color cereza del hierro. El metal sisea violento al entrar en el agua;
maúlla un gato. La pieza, de nuevo en la fragua, alcanza tono pajizo.
El artesano se limpia la frente con el antebrazo. Un
descanso. Una calada; a través del humo escudriña el acero recién acabado. El
esmeril arranca las últimas chispas. Entre trapos aceitados, la hoja devuelve
la luz de la mañana.
Un golpe sonoro; el último remache queda sujeto.
Calla el taller.
Sobre una estera
se despereza el gato